21 08 08

Me han regalado judías y lechugas. Recién cortadas, por supuesto, de la huerta que está a unos cientos de metros de mi casa. Me indicaron que dejara las lechugas en un cubo con agua, como un florero rústico. Ya había usado la misma técnica para conservar las alcachofas, pero no se me había ocurrido ampliarla a las lechugas. Qué guapas estaban.

Los tomates son comprados, pero también en una huerta, directamente del remolque que los traía del campo. Lo mismo los melocotones. No sé si a algún otro “urbanita” como yo se le olvidará también cuánta pelusa tienen los melocotones de verdad. A mí se me olvida todos los años.
Total, que estoy en plena fiebre gastronómico-campestre. Y que no me hablen ahora de milhojas de tal, ni de coulis de cual… en estos momentos un tomate con sal -o con nada- me parece el colmo gastronómico.

Recuerdo a trozos la canción de Vainica Doble que hacía de sintonía de un programa de cocina de mi infancia: “ que no me apetece pato chino…. habas con jamón, bonito con tomate, cochinillo, migas con chocolate, lacón con grelos, bacalao al pil pil…” Pues claro. Fuera sofisticaciones.
Como no tiro las revistas, me apresuro a buscar esta frase de Jean-Claude Berrouet que vi en Vino + Gastronomía el verano pasado y que en el estado en que me hallo, lo mismo me vale para comida que para bebida que para radiadores:
“Y es que hoy en día hemos llegado a un estado de cosas que nos hace a todos prisioneros de la degustación, del consumo analítico, que acaba imponiéndose porque supone comunicación y ventas. Pero claro, luego resulta que beber -a la vieja usanza- es la única verdad cualitativa.”
Como enólogo de Pétrus, él sí que sabe…
Y ya que estamos de citas veraniegas, en el estupendo “Retratos literarios” de Laura Freixas (Espasa 1997) me topo con esta deliciosa estampa de bucolismo gastronómico obra de Umbral que me viene al pelo:
“También estuve una vez, con un fotógrafo, en el veraneo de Aleixandre en la sierra. Miraflores de la Sierra, pueblo de requesones, donde me dieron muy buenos vasos de leche en un estanco (debían tener la vaca en la trastienda, entre cajetillas y cajas de puros).”
(Francisco Umbral: La noche que llegué al Café Gijón)
Eran otros tiempos, no cabe duda.