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No suelo escribir sobre temas de actualidad en Secocina, pero hay acontecimientos que significan algo más que simple actualidad. Hay libros que entran a formar parte de tu vida, te acuerdas perfectamente de cuándo los leíste, de lo que hacías entonces, de cómo te influyeron en cada momento y de los aspectos nuevos que descubriste en cada relectura a través de los años. Porque eso es lo que tienen los buenos libros: que nunca se agotan. Se convierten en clásicos y su lectura -y relectura- es vital y creativa. Por eso el fallecimiento de Delibes se nos hace a muchos algo personal, aunque su obra nos vaya a seguir acompañando siempre.


Como para casi todos, me imagino, mi primer contacto fue con “El Camino” y “El príncipe destronado”, leídos todavía en edad escolar. Seguramente “El Camino” sería alguna lectura obligada del programa, pero de esas que se devoran y se comentan después sin terminarse nadie de creer que por fin nos hubieran mandado leer algo tan bonito.

Más tarde, mientras preparaba oposiciones (cualquiera que haya pasado por la experiencia sabe que son tiempos duros), obras como “Diario de un cazador”, “Con la escopeta al hombro” o “Mis amigas la truchas”, me dieron un respiro de aire libre. Porque Delibes escribe de una manera que no necesita mencionar el tomillo ni el aire frío del amanecer castellano para otorgar la paz y el descanso de olerlo y sentirlo estés donde estés.

Y así me fui leyendo todo, hasta que creo que no me quedó una coma y por supuesto, cuando repusieron “Cinco horas con Mario” me fui a disfrutar en versión teatral lo que ya había releído varias veces en novela. “Señora de rojo sobre fondo gris”, fue la única que me dejó un poco desconcertada la primera vez. Pero he vuelto a leerla muchas veces, emocionándome, y preguntándome cómo lo hace para que esas historias hechas de muchos detalles minúsculos y cotidianos hablen siempre de lo poco que de verdad importa. Sus obras son auténtica y profundamente humanas, en ellas las insignificancias de cada día nos terminan contando esa gran historia que no hace ninguna falta explicitar. Y nos demuestran que con esas pequeñeces se cosen las historias y las vidas, también las nuestras. Al limitar casi siempre su punto de vista y su lenguaje bajo la forma de diarios, o asumiendo la visión de un niño o de un ama de casa, en vez de empobrecer, enriquece y abre perspectivas. Las circunstancias concretas de cada personaje se trascienden porque la deliberada sencillez da alas a todo lo que cuenta. No en vano decía que eso, lo que se cuenta, es mucho más importante que la forma. Delibes la minimiza, la oculta bajo una apariencia documental.

No se explayó mucho Delibes con recetas y menús, aunque cada vez que uno de sus personajes va de caza o de pesca y dice “nos sentamos a comer”, a mí me llega el olor de esa tortilla y esa bota de vino a través del limpio aire de la mañana. Pero para destacar algo que tenga que ver con nuestras cocinillas me gustaría meterme de nuevo en aquella cocina de “El príncipe destronado”, reino de la Vítora, donde ocurría todo a la vez: silbaba la olla, sonaba el teléfono, llegaba el pedido, Cris se hacía caca… Las cocinas de Delibes son morada de inocentes y de almas generosas. A los que nos gusta estar en la cocina, apliquémonos lo que nos toque si somos capaces, aunque sólo sea como agradecimiento y como homenaje.

“Arriba estaba el gigantesco termo blanco -la bomba atómica- y, a la izquierda, la cocina electrica, y a su lado, el fogón de sintasol rojo y, más a la izquierda, la puerta encristalada del montacargas y, junto a la puerta, la fregadera empotrada y sobre ella, el escurreplatos y, poco más allá, la pila, que hacía esquina con el corto pasillo, donde se abrían las puertas de la despensa y el aseo de servicio y comunicaba con el cuarto de plancha. Y el grifo frío de la pila siempre goteaba y hacía “tip” y al cabo de diez segundos, volvía a hacer “tip” pero eso era cuando todos, niños y grandes callaban (…) Frente a la puerta del montacargas estaba la mesa blanca, con el tablero de mármol blanco y un armario blanco colgado donde la Vítora guardaba el frutero con las naranjas, las manzanas y los plátanos, el azucarero, el salero y la tila y el boldo que Papá tomaba por las noches, después de cenar.”

“La Vítora iba del fogón a la cocina, de la cocina al escurreplatos, del escurreplatos al armario, del armario a la despensa, de la despensa a la caldera y de la caldera al fogón de sintasol rojo otra vez. De vez en cuando suspiraba y decía: “Ay, madre”. Y desde que empezó la música los suspiros eran cada vez más profundos y frecuentes. (…)

Entonces oyó, por encima de la voz de Lola Beltrán que entonaba Ay, Jalisco no te rajes, un agudo silbido, un silbido creciente que lo llenaba todo. Se detuvo y voceó:
- ¡La olla!
Y al entrar en la cocina vio a la Vítora que la apartaba asiéndola con un trapo de cuadros y la olla, poco a poco, se amansaba e iba dejando de silbar. En un rincón la Domi embutía a Cris en unas bragas limpias. Sonó el timbre dos veces, una timbrada corta y otra larga.”

©Texto y fotos: M. Ángeles Torres Secocina

Revisado el: 13 03 2010

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Comentarios:

carmen rico cots
13 03 2010
19:47

Mª Ángeles, como me ha emocionado tu post!! que bien describes las sensaciones que muchos de nosotros hemos percibido de la obra de Delibes. Es un castellano puro, no te tienes que imaginar nada, no le daba vuelvas a los personajes, los mostraba tal cual, lo mismo te hacia llorar, Los Santos Inocentes, como reir con El disputado voto de Don Cayo ó El Principe Destronado. Creo que no he vuelto a leer a un autor tan a gusto como a Delibes, además tenía mucha grandeza como ser humano y muy realista con la vida. Te recomiendo que escuches (yo lo he hecho hoy de nuevo, a través de un enlace de El País) el discurso que pronunció cuando le concedieron el Premio Cervantes en 1994 en la Universidad de Alcalá de Henares.
Me ha parecido genial por tu parte que hayas traido un trozo de Delibes a tu blog.
Un beso
Carmen


M. Ángeles
14 03 2010
10:17

Hola Carmen, es cierto lo que dices, creo que esa grandeza humana de Delibes, también su autenticidad, aportaban una tremenda verdad a todo lo que escribía. Gracias por lo del discurso, ten por seguro que lo escucharé.
Besos


Su
15 03 2010
9:05

Te felicito.
No se puede explicar mejor, los que amamos lo que este hombre escribió!
Mil gracias


M. Ángeles
16 03 2010
13:07

Gracias a ti Su.
Un abrazo


uxo
29 03 2010
17:28

hola: estas describiendo mi propia experiencia.Mi padre me regalo “el Camino” en 1974,en la primera Feria del Libro a la que fui. Me gusto tanto este recuerdo, que lo he convetido en una tradición con mis hijas desde hace 22 años, todos los años hemos ido a Feria , ellas han ido evolucionando en sus lecturas, pero yo siempre recordare mi primer contacto con el señor DELIBES.
Un saludo. uxo


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